(...)“Salvaje”, “Primitivo”, “Arte Negro”, todos los rótulos impuestos por las culturas dominantes, entendiéndose a ellas mismas como referencia ideal, ponen un velo a la observación constituido por el miedo al desconocimiento, a lo diferente, y su consecutiva clasificación, subordinación y canivalización estética.
En el caso de los artistas su absorción fue distinta. Existió una lectura asimilada a un pasado en cuanto rescataba la esencialidad artística como expresión humana.
De algún modo, todas las diferenciaciones de clases, religiosas, de razas, la vida mercantilizada y civilizada, basada en lo material, y todo el aparato defensivo de estas sociedades con su progreso científico-técnico, hacen que los artistas vean en el Arte Primitivo la salvación para la expresión humana, la fisura por la que el arte pueda volver a sus orígenes, a su profundo sentido de ser representado por esta estética antagónica basada en cierto carácter universal y humano.
Aquella expresión que nos retrotrae para encontrar en nuestra interioridad ese sentir común a todos, de conexión con la naturaleza, los sentimientos, la espiritualidad.
La idea de arte recobra su función comunicativa de comunión espiritual antes de ser discriminados por categorías externas (imposiciones sociales, culturales, hábitos y costumbres establecidas), todos los artificios socioculturales, políticos, económicos de diferenciación y desigualdades que observan los artistas que ha construido el hombre. El arte se reencuentra con lo sublime, con una experiencia atemporal, que atraviesa los tiempos recordándonos quiénes somos. Nos conecta con una realidad primera, esencial de nuestro existencia, del hombre como un todo en comunicación con su naturaleza y la que lo rodea. Sensible y permeable. Que necesita expresar su sentido con el cosmos donde lo material e inmaterial, conciente e inconsciente, sensible y racional conforman una unidad.
Esto es simbolizado en el Arte Primitivo en su comprensión de las cosas, las cuales se revelan más allá de las apariencias. La materialización de los espíritus, los fetiches, no se separan de su creador, sino que éste habla a través de su producción. Alejado de todo ilusionismo no reproduce lo que el ojo ve como objeto sino su intuición de eso, su sentido existencial, la percepción de su ser. Se trata de un realismo intelectual , no visual, donde el dibujo contiene elementos del modelo que son invisibles pero que el artista cree indispensables, y a la vez ignora aspectos del modelo claramente visibles porque no le interesan.
Lo que a los artistas los moviliza es el reencuentro con la experiencia artística en cuanto no es una actividad calculada o academicista sino un canal de expresión de creencias, esperanzas y miedos.
Esta vuelta a los orígenes de la expresión humana, artística, en su esencialidad última donde los símbolos de miedo y motivaciones, son sustancialmente presentados, son observados por los modernos como sentimientos pertinentes a su actualidad. La presencia del terror y el miedo, el reconocimiento y aceptación de la brutalidad del mundo natural y la eterna inseguridad de la vida están presentes en sus obras y son experiencia del mundo, más allá de los tiempos. Con el progreso, la violencia y sentimientos humanos no se modifican. En este sentido, las piezas de los primitivos están cercanas a la vivencia moderna de los tiempos del gran terror que el mundo ha conocido y está en posición de apreciar su sensibilidad. Para ellos el arte no debe ser una lengua muerta confinada a un pequeño círculo de cultura sino que debe desarrollarse en un verdadero sentido de continuidad con las cosas.
La concepción de belleza es una de las principales fascinaciones la cual es algo que existe pero requiere un sentido especial de percepción, la belleza no está en los objetos, se desprende de la visión sobre ellos. No existen objetos bellos o feos. Lo que los pintores y escultores vislumbran es la devolución al arte de su función más significante, que no es la de crear figuras y colores agradables para los ojos, adaptado a un ilusionismo pictórico o naturalismo escultórico sino que el arte responda a la mente, a ese aspecto intuitivo, intelectual y no a los ojos, el arte como lenguaje e instrumento de conocimiento y de expresión.
L.L.R

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Esta serie está compuesta de pinturas como “El despertar de Ofelia”, “Muchacha de R. Walser”, “Alicia (en el país de las maravillas)”, “Oráculo 1” y “Oráculo 2”. Salvo en las dos primeras, los materiales y/o elementos presentes en las obras son pétalos, barniz, papel de diario y la figura femenina.
La Figura se presenta en detalle por algún extremo o parte de su cuerpo (brazos, piernas, rostro), adquiriendo una actitud de concentración en sí mismas o en algún sector del cuadro, generalmente, hacia o contra la zona pétalos-barniz. Este sector parece ser el motivo principal del estado de “hipnotismo” de la Figura. La relación narrativa más fuerte se genera entre estos dos elementos que componen la tela. Elementos dominantes frente a los recortes de papel de diario, de textos de periódicos, que se mantienen latentes pero discriminados del diálogo principal.
Estos fragmentos de papel se refieren a un componente modificable, trasladable, que podrían variar de lugar sin alterar el mensaje de la obra ni el de ellos mismos. Son recortes discursivos sobre la realidad (recortes en el sentido del manejo técnico con el papel y por el posicionamiento sobre la realidad que da origen al discurso). Sin prioridad alguna todos poseen el mismo valor sobre la tela, a modo de trama, de bordado de palabras, descripciones, opiniones sobre hechos que componen la realidad textual cotidiana. Avasalladora cubre la Figura o, a modo de escenografía, se presenta contigua a la misma donde se descubre la acción que estructura el cuadro, el hecho, lo que se presenta de real y vital en la pintura generando la valoración y posicionamiento de todos sus elementos. Dinamismo en contraposición al compacto plano de texto periódico.
Las figuras son femeninas, los títulos de las obras responden a personajes de la literatura. Desde la serie “Adormecidas”, “Juego o accidente”, hasta “Personajes literarios femeninos”, podemos encontrar una hilaridad en sus contenidos.
“Adormecidas” ya nos presenta figuras femeninas de exaltada organicidad y sensualidad en relación con formas geométricas, rígidas, que las llevan a adoptar posiciones de tensión. La Figura se presenta aprisionada, limitadas en su movilidad adquiriendo posturas forzadas, artificiales, guiadas por la estructura que las contiene más que por su sensible composición orgánica.
En “Juego o accidente” lo lúdico provoca la semejanza de fuerzas entre la Figura y los demás elementos, ahora más flexibles, generando una dinámica unitaria del cuadro y aparentando ser todos sus componentes parte de una misma naturaleza.
En “Personajes literarios femeninos” la Figura ya posee una identidad, una historia, bagaje de información extra, externa al cuadro, que acompaña al tiempo y espacio presentados en la obra con un posicionamiento dominante frente a los demás y a partir de una postura coherente con su propia naturaleza.
En esta serie, los planteos de las obras anteriores, sus temas, están velados en este material extra, literario. Ya no hay gestos de sometimiento ni juego sino elementos presentados autónomamente, potenciados en sus características materiales pero adquiriendo una relación de valor entre ellos dirigida por la figura literaria.
Esta lectura no se debe sólo a la composición visual sino que existe, digamos, en la semántica de la totalidad de la obra, ciertas distancias o acercamientos en cuanto al contenido de los elementos. Figura y pétalos-barniz parecieran ser parte de una misma cosa. Pétalos de flor como expresión final del surgimiento, del despertar a la vida, cubiertos por barniz, preservados, aislados de su contexto habitual, deteniendo el tiempo en una especie de coleccionismo presentado para su observación. Pétalos y barniz configuran un todo orgánico que expone toda su materialidad y consecuente encastre conceptual en relación a la Figura. Pareciera que la esencia de la misma se materializara en el plano del conjunto de pétalos. Observables, frente a ella, a su alrededor, con contornos definibles dentro de la composición total. Esta interpretación se ajusta a la apariencia de máscara o de cierto mutismo de algunos de los cuerpos. Especie de espejo, de reflexión cuerpo-alma, de auto-contemplación, de des-cubrimiento. Figuras impávidas, detenidas en la experimentación del vacío, de la soledad, de la indagación sobre su naturaleza y la naturaleza de las cosas.

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