Las películas de Lucrecia Martel tienen para mi un atractivo casi instantáneo. Desde el comienzo invitan a quedarse con escenas que despiertan el deseo de ver más allá. Imágenes que expresan una profundidad reservada a los que se atrevan a bucear a través de las pasiones y obsesiones de sus protagonistas. Intimidad es la palabra con la que definiría su obra, genera en mí la sensación de estar accediendo, sin interferir, a un mundo secreto, personal, donde los sentidos son los que encauzan la interpretación y devenir de la trama. 

La mirada intensa de Lucrecia Martel consigue dejar al descubierto los rasgos personales y emocionales más recónditos de sus personajes. Las historias y situaciones se  cuentan a partir de un foco situado en aquellos espacios de introspección, donde los individuos están conectados con sus aspectos escenciales o relacionados con algún otro ser de manera casi fundida. Los personajes son de una materia espesa que se va fusionando en mayor o menor grado para contar una historia, ninguno de ellos se encuentra individualizado por completo, solo se reconocen en cuanto a sus relaciones con el resto y a la historia misma. 

La narración de los sucesos se da desde el interior de sus protagonistas. El espectador está de algún modo presente en los procesos reflexivos, emocionales y sensoriales de los personajes que tiñen la secuencia de hechos y construyen un relato sensible y complejo. Objetos velados en la oscuridad de un cuarto, camas siempre destendidas, siestas compartidas, la luz del sol sobre el cuello de un compañero de viaje, la textura de la piel del hombre deseado, los tobillos delicados de una mujer desconocida, silencios cómplices, roces intencionales, en todo momento se presenta la sensualidad, la sexualidad, los deseos, las dudas y necesidades. El devenir de la realidad objetiva no tienen tanta relevancia como la realidad psicológica y subjetiva. Las acciones se desenvuelven atendiendo estados anímicos y procesos intelectuales más que a un hecho contundente, real. Un pequeño disparador es suficiente para que se pongan en movimiento un conjunto de estructuras mentales y emocionales que se irán tensando unas a otras, develando sus propias fantasías e imaginario de lo ocurrido. 



La belleza en la obra de Lucrecia Martel es decididamente genuina y transparente. Sus personajes están contruídos tan plásticamente que logran hacer emerger de lo más hondo las señales, movimientos y gestos necesarios para que uno logre empatizar con ellos. La cámara dirige al espectador a detenerse en las experiencias sensibles que vivencian sus protagonistas de modo que te sientas incluido en una caminata, charla o viaje. Asimismo, la complicidad con el espectador, como entre los personajes, es gran parte de su belleza. Lo oculto, lo que permanece reservado como experiencia y comienza a formar parte o modifica la condición y temperamento de los protagonistas, se desarrolla muy cercano al espectador. Las variaciones anínicas son las que construyen el relato, a partir de hechos quizá no tan trascendentes o simples vicisitudes de lo cotidiano. La magnificación de las vivencias y alteraciones profundas de los actores, interconectados y mutando de modo conjunto, son los elementos fundamentales que componen su obra.


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