Fragmento de la conferencia de Marina Abramovic. Primera Bienal de Performance en el Centro de Arte Experimental UNSAM - 27/04/2015 -
0 comentarios Publicado por lu en 18:41¡Qué romántico! [Sonríe cómplice con el público]
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Desde que vi expuestas sus obras me preocupaba el genio de Rodin. Un día me encaminé a su estudio, situado en la rue de l'Université. Mi peregrinación hacia Rondin se parecía a aquella de Psyche en busca del dios Pan en su gruta. Sólo que mi camino no me llevaba a Eros, sino a Apolo...
Rodin era pequeño, cuadrado, fuerte, con una cabeza completamente rapada y una barba abundante. Me fue enseñando sus obras con la sensillez de los verdaderamente grandes. De vez en cuando musitaba algunas palabras ante sus estatuas; pero una comprendía que esas palabras tenían muy poco significado. Pasaba las manos sobre ellas y las acariciaba. Recuerdo que me dió la sensación de que bajo sus manos el mármol corría como plomo fundido. Cogió un poco de yeso y, respirando con fuerza, lo estrujó en la palma de su mano. El fuego salía de él como de un horno radiante. En pocos momentos hizo un seno de una mujer, palpitante bajo sus dedos.
Me cogió de la mano, me metió en un coche y llegamos a mi estudio. Cambié a toda prisa mi vestido por mi túnica y bailé un idilio de Teócrito que Andrés Beaunier había traducido para mí de esta manera:
Pan amaba a la ninfa Eco;
Eco amaba al sátiro, etc...
Me detuve luego a explicarle mis teorías sobre una nueva danza; pero en seguida me dí cuenta de que no me escuchaba, sino que me contemplaba con los párpados entornados y los ojos penetrantes, y así, con la misma expresión que tenía ante sus obras, vino hacia mí. Pasó sus manos por mi cuello y por mis senos, acarició mis brazos, y sus dedos rozaron mis caderas, mis piernas y mis pies desnudos. Palpaba mi cuerpo como si fuera yeso, despidiendo un fuego que me ahogaba y derretía. Quería yo entonces entregarle todo mi ser, y así lo hubiera hecho si una educación absurda no me hubiera inspirado en aquel momento una actitud de espanto. Me puse mi traje sobre la túnica y le despedí llena de asombro. ¡Qué pena! ¡Cuántas veces he lamentado esta ridícula incomprensión, que me arrebató del goce divino de ofrecer mi virginidad al Gran Dios Pan, al Poderoso Rodin! Mi arte y toda mi vida se hubieran enriquecido en aquel momento. No volví a ver a Rodin en dos años, hasta mi regreso de Berlín. Fue luego durante mucho tiempo mi amigo y mi maestro.
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Cuando la estructura tradicional del lenguaje es incapaz de contar
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war could and what
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isabel created hundreds
I would die etcetera
self etcetera lay quietly
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la vírgen en camisón se pasea
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(...)
El artista, según Balzac o según Cezànne, no se contenta con ser un animal cultivado; asume la cultura desde su principio y la fundamenta de nuevo, habla como habló el primer hombre y pinta como si jamás se hubiera pintado. La expresión no puede ser entonces la traducción de un pensamiento ya claro, puesto que los pensamientos claros son aquellos que ya han sido dichos por nosotros mismos o por los demás. La "concepción" no puede preceder a la "ejecución". Antes de la expresión no existe otra cosa que una vaga fiebre, y sólo la obra realizada y comprendida demostrará que podía encontrarse alguna cosa en vez de nada. Por estar dirigido a tomar conciencia en el fondo de una experiencia muda y solitaria sobre el cual se cimentan la cultura y el intercambio de ideas, el artista lanza su obra de la misma manera como un hombre ha lanzado la primer palabra, sin saber si esta palabra será otra cosa que un grito, si podrá desprenderse del flujo de vida individual donde nace y presentar, ya sea a esta misma en su porvenir, ya sea a las mónadas que coexisten con ella, ya sea a la comunidad abierta de las mónadas futuras, la existencia independiente de un sentido identificable. El sentido de lo que va a decir el artista no está en ninguna parte, ni en las cosas, que todavía no tienen sentido, ni en sí mismo, en su vida informulada. El artista desde la razón ya constituida, en la que se encierran los "hombres cultivados", intenta comunicar con una razón que abrazaría sus propios orígenes.
Mont-Sainte Victoire
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Giacomo Leopardi

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Español indomable, puño fuerte-,
Tu carta, heroico Líster, me consuela,
De esta, que pesa sobre mí, carne de muerte.
Fragores en tu carta me han llegado
De lucha santa sobre el campo ibero;
También mi corazón ha despertado
Entre olores de pólvora y romero.
Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,
de monte a mar, esta palabra mía:
“Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría”.
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Algunos fragmentos por Lu...
OBERTURA:
La primera imagen de la que me habló fue la de tres niños en un camino, en Islandia, en 1965. Me decía que para él era la imagen de la felicidad, y también que había intentado en numerosas ocasiones asociarla con otras imágenes, pero que esto nunca había funcionado. Me escribía: “...un día la pondré sola al comienzo de una película, con un largo comienzo negro. Si no se ve la felicidad en esta imagen, al menos se verá la oscuridad”.
Me escribía: “Regreso de Hokkaido, la isla del norte. Los japoneses ricos y estresados cogen el avión, los otros cogen el ferry. La espera, la inmovilidad, el sueño interrumpido. Todo eso, curiosamente, me devuelve a una guerra pasada o futura: trenes nocturnos, fin de la alarma, refugios atómicos...Pequeños fragmentos de la guerra intercalados en la vida cotidiana”. El amaba la fragilidad de esos instantes suspendidos, esos recuerdos que no habían servido para nada más que para dejar, justamente, recuerdos. Escribía: “después de algunas vueltas por el mundo, sólo me interesa todavía la banalidad. La he perseguido durante este viaje con la obstinación de un cazador de recompensas.
Al alba estaremos en Tokio”.
Me escribía desde Africa. Contraponía el tiempo africano al tiempo europeo, pero también al tiempo asiático. Decía que en el siglo diecinueve la humanidad había arreglado sus cuentas con el espacio, y que la apuesta del siglo veinte era la cohabitación de los tiempos.
“A propósito, ¿sabes que hay emúes en la Isla de Francia”.
Me escribía que en las afueras de Tokio hay un templo consagrado a los gatos. Me gustaría saber decirte la simplicidad, la falta de afectación de esa pareja que vino a depositar al cementerio de los gatos una lata de madera cubierta de caracteres. Así, su gata Tora estará protegida. No, no estaba muerta, solamente desaparecida, pero el día de su muerte nadie sabrá cómo rezar por ella, cómo interceder para que la muerte le llame por su verdadero nombre. Era preciso que vinieran aquí los dos, bajo la lluvia, para cumplir el rito que iba a reparar, en el punto descosido, el tejido del tiempo.
Me escribía: “Me he pasado la vida preguntándome sobre la función del recuerdo, que no es lo contrario del olvido, sino más bien su reverso. No recordamos, reescribimos la memoria como se reescribe la historia. ¿Cómo acordarse de la sed?”
Todas las mujeres guardan un resto de invulnerabilidad, y el trabajo de los hombres siempre ha sido intentar que ellas se den cuenta lo más tarde posible de esto. Los hombres africanos están tan dotados como los demás para este ejercicio, pero mirando bien a las mujeres africanas yo no apostaría por ellos”.
(...)
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Lo traigo, en primer lugar, porque me gusta que estén sus palabras en mi espacio, habiendo sido testigo durante el seminario de todo el ímpetu y la dedicación que acompaña su quehacer, y en segundo lugar, porque creo que su reflexión esclarece caminos para todos a los que nos involucra documentar la vida.
Gracias Mercedes!
Vivimos, los expectantes y apresurados ciudadanos de éste ya siglo XXI, en un mundo de producción acelerada de imágenes. Imágenes informativas, publicitarias, didácticas o sermoneantes. Imágenes históricas o ficticias, reales o virtuales, fijas o en movimiento, emotivas, impactantes y también atronadoras. A menudo hay algo en común y endiablado que las une a todas: todas, en el espacio saturado, reclaman atención, quieren imponerse al momento y de un modo apremiante. Todas parecen tener prisa por decir algo. Muy pocas saben callar, dejarse mirar. Casi ninguna puede ya permitirse el lujo de dejarte en paz. En el cine, en la televisión, incluso a menudo en la foto de prensa, esas imágenes se han ido cargando de tal intencionalidad que, al fin, han acabado usurpando la mirada del espectador, han tomado su papel. Y, lo más paradójico, a menudo el espectador actual parece haber olvidado que puede reclamar ese poder. Se ha olvidado que la mirada es el primer derecho, el más genuino, del espectador.
Quizá el documental, tan antiguo como las primeras imágenes de Lumière, puede escapar a ese destino y soltar amarras a la mirada, dejar que la mirada navegue. Convencionalmente, el documental se asocia hoy con frecuencia a un modo ya canonizado de relacionar texto e imagen, un instrumento auxiliar del periodismo o la sociología cuyas reglas gramaticales de discurso servirían invariablemente para crear reportajes televisivos, crónicas históricas, materiales didácticos, relatos de viaje o programas científicos. Este tipo de documental pasa a convertirse en un género cuando sus reglas de discurso –cabe decir, su pacto con el espectador y con la realidad- no necesitan ya ser cuestionadas. Este tipo de documental acaba por convertirse en un género, y es justamente, con sus excepciones, el que menos me interesa.
Hay otra tradición en el cine, otro tipo de documental, de autor, si es que hay algo que pueda llamarse así, que ha tratado siempre de ensanchar y restituir el poder de la mirada poniéndola a salvo de toda convención (y, sobre todo, de la mayor convención de todas; ésa que llamamos realidad). A ese otro tipo de documental no le asustará poner en juego la subjetividad, no tratará de esconder el punto de vista; se servirá, si es preciso, del diálogo con lo ficticio, lo hipotético o lo imaginativo; empleará a veces el discurso oblicuo o el comentario, pero sin las prisas por establecer tesis o llegar a conclusiones; y, sobre todo –y éstos son los casos que particularmente más aprecio- el autor no sólo ofrecerá su mirada, sino que dejará vestigios de si impotencia, tratando de recomponer la realidad con la ayuda de la mirada del espectador. Todo ello sin sustraerse por un momento al imperativo de todo documental: dar noticia de lo que existe antes, al margen y más allá de la cámara, de aquello que no tiene un origen ni un destino cinematográficos.
Los distintos caminos seguidos por el cine documental históricamente van unidos en su origen al esfuerzo de autores puntuales por refundar a cada momento la mirada. Van unidos también, con frecuencia, a la ruptura con los sistemas de creación y producción dominantes. Captando la vida de improviso, Vertov ensanchó el cine concibiéndolo como una escritura donde caben el ensayo, el poema visual, el cine retrato o el documento histórico. Flaherty estableció de una vez las posibilidades de la vida puesta en escena, del valor de lo reproducido como documento, pero siempre por amor a lo real. Vigo introdujo el punto de vista documentado. Chris Marker, que reaccionó contra la pretendida objetividad documental del cinemá-vérité, fue uno de los autores que más contribuyeron a reducir la distancia entre imágenes registradas e imágenes construidas. Del mismo modo en que Rossellini, Renoir, los cineastas de la nouvelle vague, Eustache, Pialat, Erice o Kiarostami han filmado conscientemente en esa difusa frontera que separa la ficción del documental, en un diálogo permanente y tan antiguo como el mismo cine.
Dentro del debate sobre documental o ficción, encuentro que el documental aporta ese momento único, verdadero. Si hay ficción, sólo ficción, echo en falta a menudo esa impronta de lo real. Y un documental que atendiera únicamente a la vida captada de improviso podría ser emocionante en momentos puntuales, pero tendría dificultades para mostrar el transcurso del tiempo. La lógica de la ficción puede entonces venir en su ayuda y mostrar los hechos proyectados en el tiempo.
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